Emir Sader tiene razón: visto desde arriba, el zapatismo es intrascendente

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Por José Villaseñor Montfort.

Emir Sader tiene razón: cuando se mira desde arriba, el zapatismo es intrascendente. Me refiero a este artículo escrito por él y publicado en el diario La Jornada el pasado 3 de enero de 2016, titulado “La izquierda del siglo XXI es antineoliberal”.

Sader es el cofundador de una estrategia de mercadotecnia electoral que se denomina “posneoliberalismo”, la cual es comprada por grupos de la clase política aspirantes a administradores Estatales de crisis, usualmente los que se autodenominan “izquierda”, y es ahí donde comienza el problema.

Entendemos al neoliberalismo como un pensamiento ilusorio que atribuye la inflación exclusivamente a las actividades económicas del Estado, en esa creencia enarbola la desregulación como solución última, transfiriendo el problema del crédito estatal a los mercados financieros. Todo eso viene a cuenta de la consecuente crisis de las economías nacionales por los procesos de mundialización del capital.

No ahondaré en más explicaciones económicas sobre esos fenómenos en este momento, basten por ahora esos breves trazos que nos permiten comprender que la diferenciación entre izquierda y derecha, siendo ambas determinaciones políticas, se da cuando existe un cisma, una transformación revolucionaria frente a una afirmación de permanencia del estado de las cosas.

El posneoliberalismo no es una transformación revolucionaria respecto del neoliberalismo, es el retroceso imposible al estadio previo del capitalismo, aquel anterior a los procesos de mundialización del capital, así es esencialmente conservador. En este orden de ideas, podría considerarse al neoliberalismo como una revolución de pensamiento respecto del liberalismo. No estamos en este punto refiriéndonos a qué es lo mejor para la humanidad, sino qué es lo que podemos considerar como cambio por revolución y cambio por retroceso en procesos de desarrollo del capitalismo. El único cambio revolucionario frente al neoliberalismo y que sea benéfico para la humanidad es el anticapitalista, aquel que construya una nueva forma de reproducción más allá del mercado y del Estado, una sociedad negativa del capitalismo.

Teniendo en cuenta la realidad del desarrollo del capitalismo y que unas fuerzas políticas en su interior luchan por la universalidad de los valores del neoliberalismo y otras que se oponen ante hechos consumados tratando de restablecer el orden anterior, resulta equivocado designar “derecha” a los primeros e “izquierda” a los segundos; considerando además que ninguna de esas posturas involucra una crítica negativa al núcleo ideológico ni instrumental del capitalismo, terminamos con una barrera completamente desdibujada entre esas izquierdas y derechas porque están vacías de significado.

No contento con fallar en dignificar la realidad conservadurista del posneoliberalismo a través de la etiqueta de “izquierda”, Sader se atreve llamar al anticapitalismo “ultra izquierda”, y declararlo responsable del fracaso evidente de los “gobiernos posneoliberales”, esos que se hacen llamar “socialistas” al tiempo que implementan estrictos controles cambiarios y regulan mercados para favorecer a los capitales nacionales sobrevivientes; por supuesto, ahora son repudiados tanto por las oligarquías a las que pretendían favorecer contra su voluntad e interés, como por los electores a quienes no pudieron engañar por otro periodo electoral más, tal como es observable en Venezuela y Argentina.  A todo eso, ¿Sader hace una introspección y se pregunta qué pudo estar equivocado con sus tesis? ¡No! Busca de inmediato un chivo expiatorio, aquél que cargue con la culpa: los intelectuales que lo critican, los movimientos sociales que no lo obedecen. ¿Podía esperarse una autocrítica honesta en el espacio donde se fabrican imposturas intelectuales como las del “posneoliberalismo”?

Pero seamos gentiles, y concedamos a Sader tener razón en algo: desde allá arriba donde se busca eliminar el neoliberalismo por decreto gubernamental, donde se quiere hacer retroceder la historia por la voluntad de los “grandes protagonistas” y los “grandes liderazgos”, movimientos como el zapatista, colectivos, indígenas, autónomos, que rechazan el vanguardismo, la toma del poder (ese que sólo se puede ejercer para administrar la crisis y recibir dinero por ello sin importar el grado del fracaso), vaya pues, que son anticapitalistas, todos ellos son intrascendentes.

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