El lápiz y la goma

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7 de noviembre de 2015

El lápiz y la goma

― ¿Cuántas veces cabe el cuatro en el veintisiete?
― Cuatro…¡No, no! ¡Seis!
― ¿Segura?

― ¡Sí! Porque cuatro por seis son veinticuatro!
― Muy bien entonces seis por cuatro son veinticuatro. Anótalo abajo ¡Muy bien! Ahora resta
― ¡Tres! ¡Sobran tres!

No se ustedes pero mis tardes son así, un duelo permanente con las divisiones, las sumas y restas de fracciones. Un duelo a lápiz y goma. Borrar y escribir, para volver a borrar y escribir.
He tenido que acompañar a mi pequeña en su aprendizaje de matemáticas elementales. Gracias a ello me dí cuenta de algo de mí mismo, a saber, mi aprecio por las herramientas para la escritura: lápices, portaminas, bolígrafos, plumas fuentes, máquinas de escribir, y obvio procesadores de texto de todo tipo y suerte. Mi vida es un rompecabezas imposible de escritura en todo tipo de soportes.
Pero lo importante lo escribo con grafito. Y no había caído en cuenta de ello hasta ahora, que caminando con mi hija por el sinuoso camino de la aritmética, me di cuenta de la cantidad de instrumentos que empleo para escribir con grafito. De paso me dí cuenta de que con la misma pasión que yo los colecciono, ella los extravía. Así es que, de poco en poco, la colección ha sufrido irreparables pérdidas.
Nunca nadie sabe para quien trabaja, ni bien que por mal no venga.
Gran hallazgo me ha resultado caer en cuenta de mi predilección por el grafito. Es curioso porque desoigo mis propios consejos en cuanto a que el grafito con el tiempo tiende a ser ilegible. Y claro que me sorprendí a mi mismo en un acto de incongruencia. Obsesivo, como soy, me puse a revisar notas, apuntes y más. La contradicción estallaba frente a mis ojos. ¿Cómo es que recomiendo usar pluma y uso lápiz? Esto me llevó a revisar entonces la congruencia entre mis dichos y mis hechos.

Tampoco fue cosa de hacer un tribunal revolucionario y sentarme en él. Tan solo algo que nunca había pasado por la revisión crítica por ser, en apariencia, tema baladí. Y es que pienso que eso de emborronar si es una suerte de posición ética. Me dá risa pensar en la ética de la goma y el lápiz y me divierte porque no es que no tome nada en serio es que no es necesaria la gravedad ni la solemnidad. La crítica y autocrítica no tiene porque pasar por la autoflagelación. Baste con asumir la autocrítica y modificar y asumir. Desde hace algunos años me opongo a la doctrina y abrazo, en la medida de lo posible, la experiencia como fuente de conocimiento. Y creo que eso es justamente lo que el lápiz y la goma entrañan. Mi convicción de que nada es escrito para siempre y definitivamente, sea porque el tiempo se encarga de hacer necesaria su reescritura o porque la práctica y la experiencia obliga a su reformulación, emborronamiento, replanteamiento, modificación y hasta la supresión definitiva.

En consecuencia me di también cuenta de la obsesión por todo tipo de borradores, gomas de migajón, gomas plásticas, blancas, con figuritas, retráctiles y paro de enumerar antes de que llamen al loquero.
No les contaré la parte de los sacapuntas, navajas, cuters y por tanto mi reverencial aprecio por los portaminas que me ahorran cargar la papelería entera en la mochila.

Me costó trabajo reconocer que mi consejo era una mera repetición tomada de no sé donde. Pero que lo mio, lo mio es escribir y borrar. Claro hoy a semanas de mi hallazgo me parece normal.
Imagino la cara de quien lee esto preguntándose si ¿Esto no es lo mas normal del mundo? Y antes de que abandone la lectura permítame agregar algunas de cuestiones más.
Usar lápiz y goma no es ¿Acaso lo más común cuando se está trastabillando cuando es uno neófito y se inicia en ensayar respuestas?¿Acaso no vivir es un permanente estado de neofitez?
¿Sabe usted de alguien que haya aprendido a escribir sin tener que repetir, emborronar, cientos de veces?¿Cuántos de nosotros, no obstante, seguimos errando, sea el cálculo o la grafía? Y en los asuntos de la vida ¿Usted no borra, emborrona, repite, vuelve a borrar para terminar, a veces, por de plano suprimir? Yo tan defectuoso y orgulloso de mi imperfección, lo hago todo el tiempo.
Pero no falta el que quiere volar cuando a penas gatear puede y apenas aprendidas las primeras letras ya fue corriendo a la papelería por su plumón indeleble. De esos con punta de cincel. Y se apresuran a pontificar verdades que tienen por absolutas. Muy pronto descubren que indeleble no es sinónimo de
infalible.
Jugando un poco con la idea podríamos decir que el lápiz es para quienes no tienen miedo a actuar y por tanto, a la inexorable equivocación. Porque, dicho sea de paso, quien no yerra es porque nada hace. Y nada hacer, no es, justamente, una virtud. En contraparte, los plumones indelebles parecieran ser una herramienta muy útil para quienes obtuvieron sus verdades últimas en cajas de cereal, como una promoción o como muestra gratis en la compra de un libro. Los mismos que usan libros por almohada para que se revele la verdad del libro con pristinez y ascepcia. Sin los inconvenientes y las inconveniencias que la práxis y la realidad plantean. De hecho la realidad no gusta por defectuosa, por azarosa, por necia por conducirnos invariablemente al error y forzarnos a salir del área de confort y obligarnos a cuestionar, reformular o enmendar y siempre asumir consecuencias. Nada más cómodo que la pureza de la teoría. Los indelebles son para esos que heredaron las verdades únicas, infalibles, irrebatibles y casi siempre, también, insostenibles. Pero no importa porque como quiera el plumón es indeleble y ni queriendo se va a borrar. Si algo se debe hacer en estos casos es empezar por abjurar de. Desintoxicarse de verdades y razones, para empezar todo de nuevo. Esta vez, claro, con lápiz y goma.

Yo, al día de hoy sigo pensando en que el lápiz y la goma, además de ser herramientas, plantean por su naturaleza un método y una posibilidad: la de errar y poder corregir. Son una cura a la soberbia, ofrecen una oportunidad a la necesaria crítica y autocrítica, como toda crítica honesta debe ser: destructiva pero no falta de camaradería. Por fortuna lo estático no existe, ni lo permanente todo está cambiando inevitablemente. Y esto no me coloca del lado del subjetivismo ni del agnosticismo tan solo de la crítica caníbal pero fraterna. Tampoco es un himno a los arrepentidos, de hecho es lo contrario, de nada nos sirve arrepentirnos, pero reconocer los yerros en indispensable. Todo puede cambiar, que mas vale estar atento y dispuesto. Vale recordar que el aprendizaje está más en los yerros que en los aciertos y que aunque sea lento, es siempre mejor volver a empezar.

Sí, se que dirán que eso corre el riesgo de que nunca se concrete nada. Y yo me pregunto ¿Es que la vida tiene un fin por sí misma, o somos nosotros los que le ponemos el fin? Mi postura es que ejercer el derecho a cometer los errores propios, pésele a quien le pese, puede ser un fin en si mismo.

 

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