La virtud del que escucha

La virtud del que escucha.

Vivimos en una sociedad donde el crédito al buen decir es exaltado. La virtud de la elocuencia, la oratoria. El milagro de Demóstenes hablándole al mar, para volverse después en el elocuente orador. Vivimos en una cultura hecha con la palabra de dios. El dios cristiano con su verbo hizo el mundo. Y concluida su obra y su creación máxima, el hombre, le hizo que nombrara el mundo, que le diera un nombre a las cosas y animales en él. Muy extendida es la la bendición o la maledicencia, ambas suertes que se asocian, como el conjuro a la capacidad de, usar la palabra para influir en el mundo.
Tener el don de la palabra, el éxito de saber convencer, el marketing de la promesa vacía, la publicidad engañosa. La palabra prostituida hasta la saciedad. La virtud está en hablar. Escuchar es de sometidos, de conquistados y confundido con el silencio. El que calla otorga, dice el dicho.
Y no obstante, la cultura occidental y, su despropósito civilizatorio, el capitalismo, ha hecho de la palabra, algo de lo cual debe de sospecharse. La ha prostituido, hundido en el descrédito, la desconfianza.
Pero la palabra nunca traiciona su matriz cultural. Por ello hay palabras que han escapado de este fatal destino que occidente impone la modernidad. Muchas palabras nativas tienen esa característica y pagan cara la afrenta, en gran medida con su extinción.
Si para occidente hablar es virtuoso, escuchar, en cambio, tiene poco o nulo mérito. Se considera una una actitud pasiva, sometida, dominada, reducida a meros consumidores.
Lo más significativo para las discusiones a modo del sistema es lo concernientea los Derechos de las audiencias. Llaman así a un artilugio que, en realidad, es entre una lucha contra la censura y una hábil maniobra para enchular la mordaza con la cual sistemáticamente nos acallán. Un subcapítulo de los derechos de los consumidores.
Pero en las orillas de la modernidad, mirándonos con esa gravedad inquietante están muchos pueblos originarios, en esa tensión permanente, de tomar lo que mejor les sirva para sus fines sin permitir ser devorados por esa insaciable bestia.
El indio taciturno, es una imagen recurrente. Pero la perspectiva racista lo ubica como impedido o carente de alguna subjetividad valiosa para occidente, lo reduce a una suerte de bestialismo o autismo en el mejor caso.
En realidad es una milenaria forma de resistencia. (No abundaré pero remitiré al interesado al clásico de James Scott, Como resisten los dominados. ) Y sé que sonará raro decir que escuchar ha sido una eficaz arma, para poder mantenerse a pesar de haber padecido una de las guerras de exterminio mas largas de la humanidad.
Y traigo a cuento, también, un texto de Carlos Lenkersorf, llamado Aprender a Escuchar. En él, Lenkersdorf, apela a que la modernidad es una suerte de cacofonía que primero aturde y termina por ensordecer. Una disputa por hablar y decir, aunque no exista quien escuche.
Para el pueblo Tojolabal, que es de quien da cuenta en el texto la situación es diferente. Escuchar sólo tiene sentido en la medida que se escucha. Este hecho cultural contrasta y se opone a toda la tradición de occidente a esta locura que las nuevas tecnologías ha escalado la sordera y el soliloquio a niveles demenciales.
Desde la aparición de el EZLN en 1994, ellos han hecho un esfuerzo sobrehumano para tratar de entender, imposible sin saber escuchar. Ellos escucharon con toda propiedad el llamado de la Sociedad Civil Mexicana, imponiendo un cese al fuego tras 12 días de enfrentamiento militar. El diálogo con el Gobierno que vio frutos en los Acuerdos de San Andrés, es resultado de un enorme esfuerzo primero por dar voz a otros que igual que eran invisibles y no eran escuchados, siendo además ellos los primeros en escuchar. La gran lección de la Convención Nacional Democrática fue, justamente, renunciar a ser la voz que hablara por todos y dictara desde la calidad moral el rumbo del movimiento. Se negaron a ser esa voz incuestionable, rompiendo con ello una vieja tradición en la izquierda insurgente de que quien tiene el fusil también tiene la razón. Mucho se ha dicho desde la perspectiva de occidente que el gran acierto del zapatismo ha radicado en el uso efectivo de la palabra. Críticas sobre las dotes literarias desde la misma izquierda no se hicieron esperar, pero es que occidente es ciego, culturalmente hablando, de la importancia cultural y profundidad del saber escuchar. En realidad los zapatistas han mostrado el gran acierto de escuchar con humildad, de mirar con atención y tratar de escuchar no solo la palabra, sino el pulso mismo de este complejo país. Me atrevo a afirmar que si un primer momento fue necesario dar voz a los que no la tenían, en el momento actual, se trata de enseñar/aprender a escuchar. Porque no escuchamos a todos los que somos ni somos todos los que escuchamos. De allí que mi lectura es que la escucha tiene un carácter central. En todos los esfuerzos emprendidos por ellos la palabra y la escucha han sido centrales, más allá del empeño por seguir caminos políticos que eviten la confrontación y con ello respetar la exigencia del pueblo de México de detener la guerra y buscar caminos para la paz. Este esfuerzo les es escamoteado e incluso traicionado como lo fueron los Acuerdos de San Andrés que el Gobierno Federal traicionó y no conforme con ello el Congreso aprobó una ley que en esencia contradice el espíritu de los Acuerdos, traicionando a todos los participantes de este esfuerzo en donde los zapatistas era tan solo uno de los actores. Traicionando con ello al exigencia de construir una paz digna, donde los pueblos originarios empezaran una senda distinta a la que la violenta agresión y despojo de la conquista les impuso. La traición no era gratuita, detrás de la simulación del diálogo se escondía la ambición por sus territorios, los intereses sobre los recursos minerales, bióticos, las empresas mineras, de materias primas y un largo etcétera. Hoy, dolorosamente, nos hemos acostumbrado a las noticias sobre despojos y agresiones a pueblos y comunidades.
Y no obstante esto se dieron a la tarea de seguir escuchando, de tratar de saber que pasa con los de abajo, sus prójimos, sus semejantes. La llamada Otra Campaña, fue un descomunal esfuerzo en ese sentido y el más reciente las dos Escuelitas Zapatistas, entre ellas un sin fin de encuentros, seminarios que son todos un complejo espacio para el intercambio de intersubjetividades, una ida y vuelta de lo que lo que siente el pensamiento y piensa el corazón. Un recuento de rebeldías, resistencias, sinsabores, derrotas: el complejo mosaico de la dignidad.
Esto es ahora en su intento por dar palabra y recibir la palabra escrita de quienes participan en este ejercicio de escucha que es la Escuelita Zapatista.
Desde el 94 no ha sido el EZLN, quien ha venido a querer decir e imponer a los demas qué hacer, cómo hacer, cuándo o con quién hacer. Han insistido de manera reiterada sobre sus limitaciones y han sido claros diciendo que no saben, cuando no saben. No hay recetas, no hay mesianismo, ni vanguardias, ni avanzadas. El fusil no tiene la razón, ni se emplea para imponerla. Lejos de ello se acalla para dar espacio a la palabra, a la mirada que es también una forma de escuchar.
Hoy a 32 años de la fundación del EZLN, creo que empiezo a escuchar o mejor dicho a entender un poquito de tanta sabiduría que vienen acumulando en este proceso de rebelión por siglos. Reconozco que no era ruido de fondo lo que escuchaba, sino una compleja polifonía para la cual mi matriz cultural no tiene modo de acercarse. Estoy muy lejos de poder entender todo, o incluso algo significativo, pero, empiezo a conjeturar cosas a hilvanar piezas. Me falta mucho. Me falta todo. Me ha tomado 20 años entender un poco. A mi paso, es muy probable que me tome unos 500 años más comprender su resistencia. Pero no importa, he empezado y eso es un gran avance.
Por otra parte, me preocupa esta compulsión moderna por contribuir a la cacofonía, por estar lleno de verdades. Por incluso ver crecer el fundamentalismo y el esencialismo que son justo lo contrario lo que esta lucha persigue. Me preocupa que cada dia haya tantos enfermos de tanta verdad y de razón. Me preocupa la sordera del que pontifica y no se calla nunca, porque piensa que todo cuanto debe decirse ha de salir por su boca. De quien pensar no puede sino en primera persona. Y esto no quiere decir que cada cual diga lo que deba o tenga, pero sin perder la proporción de cuando se habla en tono personal y cuando lo que sale por la boca es la verdad incontrovertible. El subjetivismo amenaza, gravemente, nuestros ejercicios a favor de la intersubjetividad diversa. Del pensar entre los muchos que somos y queremos ser, con eso que han hecho de nosotros y no estamos dispuestos a renunciar.
Yo no soy alumno de la Escuelita Zapatista. Tampoco soy zapatista. Dudo tener talento e inteligencia para ello. Tampoco necesito ser nada de eso. Yo tan sólo soy uno más que no está contento con esto que pasa y que cree que el primer paso para vivir en un lugar más justo y digno pasa por darle a quienes habitaron primeramente estas tierras el lugar justo y digno que merecen. Poner su nombre a la historia a la medida de sus aportes. Y en esa medida trato, con mis defectos y limitaciones de acompañar el camino para que esto suceda algún dia. De otro lado yo tengo mi propia lucha que no entra en contradicción con la de ellos, pero donde yo debo de ir buscando los modos para tener el rostro que me pertenece y no este que me han impuesto para ser a fin a la dominación que padezco.

Feliz 32 años a todos los hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos, ancianas, todos, todas, todoes que forman y formaron el EZLN.

Y gracias por el oído, la escucha y la palabra.

Enrique Maraver

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